El combate armado y la agresión física no son las únicas manifestaciones de violencia, también lo son la exclusión, la injusticia (social, económica, epistémica, curricular, de género, etc.) y la pobreza, que llevan al sufrimiento y la muerte de las personas. En estos tiempos de permanente cambio y violencia normalizada con “retos ambientales, sociales, económicos, políticos y espirituales”, cabe preguntarse: ¿cuál es el rol de la universidad?, y ¿qué universidades necesitamos?
Las universidades deben “luchar contra la opresión y la injusticia”; además, al ser un espacio público construido sobre valores deben reafirmarse en la producción o la invención de utopías, alejándose de la reproducción de tiranías. De este modo, el rol social de los y las docentes es innegable, ya que son quienes promueven comunidades sobre la base de “derechos humanos, formación ética, espiritual y ecológica”.

En este contexto, la educación para la paz y el derecho a la ternura son fundamentales para construir sociedades justas y equitativas, que respeten los derechos humanos y promuevan la convivencia pacífica entre los seres humanos y la naturaleza. Para transitar de la pedagogía de la crueldad a la pedagogía de la paz y la pedagogía de la ternura, es necesario repensar los objetivos y las metodologías educativas en todos los niveles. Es decir, la educación debe orientarse al desarrollo integral de todas las personas, promoviendo la empatía, la solidaridad, la justicia, la tolerancia y la no violencia.
La UNESCO propone una responsabilidad universal para el cuidado de la Tierra y el cuidado entre personas a través de cuatro objetivos: 1. Respeto y cuidado de la comunidad y la vida; 2. Integridad ecológica; 3. Justicia social y económica; y 4. Democracia, no violencia y paz. Para ello no sólo es preciso “desaprender la guerra” sino también ejercer el derecho a la ternura, expresada en la palabra, lo gestual y lo corporal, en cada rutina sin separación entre lo público y lo privado. En esta cotidianeidad se vindica el valor social de los docentes como educadores para la paz, no sólo entendida como ausencia de guerra, sino concebida desde la militancia y la justicia socioeconómica sin cabida para la discriminación, la opresión y la omisión.

Educar para la paz y ejercer el derecho a ternura es posible en un continuo aprender, desaprender y reaprender en comunidades que se reconocen en la diversidad, tienen fe en la dignidad de cada persona y, fomentan solidaridad, cooperación y responsabilidad a partir del diálogo y la participación activa para la negociación y el consenso. La construcción de una sociedad justa, equitativa y sostenible es posible en el aula, el barrio, el espacio público y privado si es asumida con responsabilidad de todas las personas (sobre sí mismas, las demás y el entorno) y con una recuperación del valor social de la educación y del trabajo de cada docente.
Autores: María Teresa Arteaga, Jorge Maldonado Mahauad.





