La historia del Benemérito Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Cuenca está marcada con fuego, abnegación y disciplina, como reza su lema; al igual que con el sacrificio de decenas de personas que a lo largo de sus 75 años de existencia han entregado su vida a la institución.
La vida de José Alberto Pesántez Tola es una de ella, tras 42 años de servicio en Bomberos Cuenca ostenta con orgullo el grado de Capitán, aunque reconoce que siempre será el eterno Teniente, ya que por normas de la institución no le permitían ascender.
“Pepito”, como prefiere que lo llamen, cumplió los 65 años y en diciembre pasado dejó la institución. “Es muy duro, no me acostumbro y quisiera seguir trabajando, pero se debe respetar las normas; aún tengo las mismas ganas que en 1977 cuando llegué por primera vez a los bomberos”.
Un hecho marcó la vida de Pepito para siempre. Era el Carnaval de 1977, lunes 14 de febrero y es su casa se preparaba motepata y los tradicionales dulces. “Vivíamos en San Sebastián, teníamos dos cocinas, una a gasolina y otra a kerex, y se terminó el combustible de la primera; con mi padre fuimos hasta la bomba ubicada en la calle Lamar, junto al mercado Nueve de Octubre, era el único lugar que nos podía vender…”.

El rostro de Pepito poco a poco pierde su cálida sonrisa mientras recuerda detalles de ese día. “Cuando regresamos la casa estaba en llamas y la desesperación nos invadió. Ingresé a la casa sin pensarlo a buscar a mi madre y sobrina y no las encontré. Una vecina me dijo que las llevaron al hospital y parecía que estaban graves”.
Hace una pausa… respira, sus ojos brillan y parece que está a punto de llorar, pero él no es así, mantiene la compostura y continúa la historia. Recuerda detalles como el nombre de los médicos que ayudaron a su madre, quien presentaba graves quemaduras en su brazo y pierna derecha, pero logró salir adelante.
“Las mascotas de la casa entraron a la cocina y voltearon el recipiente de kerex, el fuego empezó cerca de la puerta; mi mamá abrazó a mi sobrina para salir, por eso se quemó. Fue una desgracia con felicidad, como ahora se dice”.
Este hecho sacudió la vida de Pepito, a tal punto que a primera hora del miércoles 16 de febrero de 1977 se presentó en la única estación de Bomberos que existía en ese entonces y que hace poco fue reinaugurada, en la calle Presidente Córdova y Luis Cordero, convencido que ser bombero era su destino.
Bienes y persona
El comandante Teodoro Ordóñez fue quien le abrió la puerta de la Institución. “Inicié ese mismo día, pasé una prueba física y el examen médico. Tu cuerpo está preparado para ser bombero… ¿tu espíritu lo estará? Así lo recibió su comandante y por más de 40 años ha vivido con este compromiso.
A las pocas semanas de ser bombero, Pepito se bautizó con el incendio en Uzhupud. “Fue algo sorprendente, se escapaba de nuestras manos, incluso no sabíamos cómo actuar ante la presencia de alcohol y otros productos químicos; hoy la situación es muy diferente, existe capacitación para cada emergencia, así como equipos y herramientas”.

Entre risas recuerda que su esposa estaba “caliente” cada vez que había un incendio. “Llegaba a casa con la ropa sucia, rota, inservible y se molestaba mucho. No teníamos uniformes, ni protección, era pura voluntad y compromiso. Ahora todo es muy distinto, la seguridad del bombero es prioridad… pero son otros tiempos y es un tema muy complicado”.
En aquellos años existían un solo vehículo de bomberos, por lo que los voluntarios se movilizaban por sus propios medios a los incendios. “La ciudad era pequeña, muchos llegaban a carreras, en bicicleta o en sus vehículos, lo importante era llegar. Ahora Cuenca ha crecido y se necesitan más vehículos y personal, es muy difícil comparar estos momentos.
Para el año de 1982 y con mayor experiencia, otro momento marcó la vida de este bombero. Un incendio consumía el segundo piso de una vivienda ubicada en la Tomás Ordóñez y Sucre.
“Era cerca de las 10 de la noche y el fuego avanzaba, una señora observó a dos niños en la tercera planta, no sé qué pasó por mi cabeza, corrí a la casa de junto y subí hasta la terraza, llegué al techo de teja hasta ubicar a los niños de seis y tres años, los abracé y empecé a regresar… jamás en mi vida sentí tanto miedo; un miedo que me paralizó por unos segundos y que luego me ayudó a regresar seguro”.
“Cuando entregué a los niños me senté en la vereda y empecé a llorar… sinceramente no sé si fue de alegría, alivio o tranquilidad… ese día regresé a casa y entendí lo que había pasado mi mamá años atrás”.

Un eterno teniente
Pesántez aprovechó una oportunidad para dejar el voluntariado y pasar a ser de planta. “En la década de los 80 se abrió el Departamento de Prevención, decidí entrar porque estoy convencido que uno es más bombero cuando ayuda a prevenir que a apagar incendios”.
Al dejar el voluntariado, Pesántez sabía que cualquier posibilidad de ascenso se terminaba a más de ello, reconoce que el mayor problema entre los bomberos siempre será la diferencia entre el voluntario y el retentado.
“Cuando inicie en la institución, los voluntarios no podían ni subir al segundo piso, era un espacio exclusivo para oficiales. Los ascensos dependían de la capacidad del hijo del oficial superior, si él aprobaba el curso pues era válido y se ascendía, sino lo aprobaba simplemente quedaba anulado el curso y nadie ascendía… luego de unas semanas supuestamente lo aprobaba en otra ciudad y el resto quedábamos en el olvido”.
“Terminé mi carrera con el grado de capitán, el cual alcancé unos años antes de salir; al igual que yo, muchos bomberos de gran valía para la institución nunca ascendieron, mientras que otros ostentaban rimbombantes grados y especializaciones sin saber coger una manguera o asistir a un solo incendio. Hoy existen muchos bomberos de casaca y uniforme, de desfiles y reconocimientos, pero afortunadamente también existen los de corazón y compromiso, los que priorizan el servicio y el bien de la comunidad a sus ambiciones personales”.

“Los bomberos me han dado todo, momentos inolvidables en mi vida, alegrías y decepciones. Conocí a grandes personas, tuve la oportunidad de devolver todo lo aprendido en más de 40 años y lo sigo haciendo, si alguien me necesita voy y lo ayudo, eso es ser bombero”.
Pareciera que Pepito quisiera hablar más sobre el tema de la desigualdad en los bomberos, pero a veces el silencio y un gesto dice más… Muchos dieron todo por los Bomberos, cuando no se tenía nada, cuando las necesidades eran de todos los días. “Ahora hay disputas que no se entienden, que hacen mucho daño, cada quien defiende su posición esté o no correcta, hoy nos pisamos la manguera entre bomberos”.
Hace dos años, en un acto en el teatro Sucre, todos los presentes, bomberos voluntarios, rentados y autoridades, al escuchar el nombre del Capitán Pesántez, se levantaron y aplaudieron incansablemente durante la entrega de un reconocimiento.
Sin temor a equivocarme, fue el momento más emotivo del acto, sabía que mi despedida estaba cerca y ver a toda esa gente de pie fue increíble, mi familia lloraba. En ese momento uno entiende que ha obrado bien; muchos no podrán decir lo mismo, pero yo sí… porque soy un bombero de corazón y lo seguiré siendo hasta que la llama que llevo adentro se extinga, ese día cuando mis ojos no se abran más… (I)






