En medio de la incertidumbre que dejó la pandemia del 2020, cuando el deporte parecía haber quedado en pausa, nació una idea que hoy tiene nombre, rostro y resultados: Sportika, una fundación ecuatoriana que desde hace cinco años trabaja por una meta poco común en el país: construir una cultura deportiva que no solo forme campeones, sino mejores seres humanos.
Lo que empezó como un grupo de profesionales preocupados por el abandono del deporte individual en Ecuador, se ha convertido en una red que acompaña, forma y da oportunidades reales a niños, niñas, jóvenes y atletas que, de otra forma, quedarían fuera del sistema.
“No teníamos recursos ni respaldo estatal, pero sí una certeza: el deporte puede transformar vidas”, cuenta María Clara Albornoz, fundadora de Sportika. Hoy, su fundación no solo asesora a atletas de élite y alto rendimiento, sino que trabaja en escuelas, barrios, centros de reinserción social y comunidades vulnerables con una metodología que une movimiento, salud mental y educación emocional.
La otra cara del deporte: prevención, salud y comunidad
Lejos del foco mediático de los grandes torneos, Sportika trabaja con niños y adolescentes entre los 7 y 18 años a través de REtika, una academia social que funciona en sectores como Chillogallo, Huarcai o incluso en centros de privación de libertad para madres jóvenes.
La propuesta va más allá del ejercicio físico: se trata de enseñar a gestionar emociones, a respetar al otro, a entender que el cuerpo y la mente se educan juntos. Y también a los padres y madres, quienes participan en los talleres familiares para aprender cómo acompañar a sus hijos desde casa.
“Muchos de estos niños no solo aprenden a correr o saltar, aprenden a confiar en sí mismos, a manejar la frustración, a creer que pueden tener un futuro distinto”, dice uno de los entrenadores.
Una red para quienes no tienen respaldo
En el otro extremo, Sportika también acompaña a más de 30 deportistas de disciplinas individuales: desde boxeadores como Julio Castillo hasta jóvenes promesas como Tania Andrade (tenis) o Rafaela Albuja (squash), quienes hoy estudian en universidades de Estados Unidos gracias a la gestión de la fundación.
Muchos de ellos han recibido acompañamiento psicológico, nutricional, legal e incluso ayuda para recuperar premios económicos no pagados. También hay deportistas en transición, como Yuliana Angulo, que se preparan para su vida más allá de las competencias.“Formar un deportista no es solo entrenarlo. Es preguntarse quién lo cuida, quién lo guía cuando pierde, cuando se lesiona, cuando se retira”, señala Albornoz.
Un millón de razones para creer en el deporte
Este año, la fundación lanza una campaña sencilla pero potente: “Un millón de motivos para incentivar una cultura deportiva”, que invita a personas y empresas a aportar desde un dólar al año para sostener los programas sociales de Sportika.
La propuesta busca romper con la idea de que el deporte es solo competencia. En su lugar, plantea un deporte que cuida, que une, que educa y que salva.
“No buscamos caridad, buscamos compromiso. Que la gente entienda que una cancha puede ser el lugar donde empieza un cambio de vida”, concluye Albornoz.
Sportika no es una marca ni un club. Es una comunidad que cree que los valores también se entrenan y que el Ecuador necesita más historias como las que se construyen, todos los días, desde el deporte.





