En el Ecuador los hogares católicos acostumbran a colocar el nacimiento y es tradición vestir al Niño Jesús con sus mejores galas, en una muestra de fe y agradecimiento.
Aunque este año la Navidad se celebra de forma atípica debido a la pandemia de coronavirus, la devoción se mantiene intacta.
Delicados atuendos para vestir al “recién nacido” surgen de las manos y la creatividad de las artesanas. Blanca Hurtado Troya es una de ellas y lleva 21 años confeccionado los vestidos. Cada diciembre crea nuevos diseños como trajes de mayoral, de franciscano, de caballero de la Virgen de Fátima, de chagra, de cholo, de mariachi, de policía y hasta de chef.

Aunque recalca que este año se ha dado un especial interés por el Niño Doctor lo que atribuye a la pandemia.
“He hecho a la imaginación niños doctores que la gente me ha pedido, le he puesto mandil y sus respectivos bordados (…) el traje es blanco porque lo blanco hace alusión a la salud”, menciona Hurtado desde su bazar ‘Virgen del Cisne’, ubicado en las calles Presidente Córdova y Tarqui.

Con terciopelo, encajes, tul, randa, gamuzas, chifones y con bordados a mano la vendedora asegura que hay trajes para todos los gustos y bolsillos. Los tamaños van desde la talla cero, para los más pequeñitos, hasta los de 80 centímetros.
“Este año la gente viene en busca de lo más económico no quieren muy caro, pero también la gente se muestra más devota que antes, pide por la salud porque con salud se tiene todo”, asegura.
Zoila Tacuri, una cuencana que cada año adquiere un traje diferente para su ‘Niño’, expresa que se trata de una tradición que une a las familias y mueve la fe. Es consciente de que este 2020 se mantendrá la unión familiar, pero con el respectivo distanciamiento físico.
“Ya no podremos abrazarnos y estar cerca como siempre lo hemos hecho, pero que sea esta una oportunidad también para cuidarnos nosotros y a los nuestros”, recomienda.
Trabajo
Hurtado trabaja con materiales que tenía previamente adquiridos, pues se le ha complicado la compra de telas, sobre todo las randas y encajes, cuyo comercio se normalizó en noviembre pasado.
“La pandemia nos ha afectado a todos en distintos aspectos (…) tengo clientes que ‘se han ido’, algunas de mis trabajadoras se han enfermado de COVID y además no hay para darles trabajo, actualmente mi hija Karen me ayuda en el taller”, cuenta la mujer que ha implementado las debidas medidas de bioseguridad en su local.
Ella considera que sus manos “son un don que Dios le dio” y se complementan con el conocimiento de la sastrería que le heredó su padre y le ha permitido traspasar fronteras, pues exporta sus creaciones a países como Estados Unidos y España, principalmente.
“Este año además por primera vez me llevaron nueve trajes para Perú y en el país tengo clientes de Quito, Loja y Guayaquil”, comenta.
Para la artesana es imposible separar su trabajo de sus creencias religiosas, actividad en la que se mantendrá hasta que tenga vida y salud.
El último mes del año se considera de “época alta”, pues las familias cuencanas cumplen con la tradición de vestir al Niño Jesús muy elegante, aunque este año la celebración estará marcada por las restricciones que la ciudadanía deberá mantener para evitar los contagios de COVID-19. (I)





