¿Se imagina cómo viviría usted si se enterara que tiene más riesgo de morir que la población en general? Ese es uno de los más grandes desafíos que a diario enfrentan quienes padecen epilepsia, una enfermedad cerebral no transmisible, crónica que afecta a personas de todas las edades.
En todo el mundo, hay 50 millones de personas que padecen este trastorno neurológico, la prevalencia es de 1000 por cien mil habitantes y la incidencia es de 50 por cien mil habitantes. Entre las causas que pueden desencadenar esta alteración, se encuentra la injuria perinatal (Falta de oxígeno y/o hemorragias cerebrales al momento del parto), los traumatismos craneoencefálicos, las infecciones cerebrales (como la meningitis o la encefalitis), los accidentes cerebrovasculares y las enfermedades parasitarias como la neurocisticercosis (cisticerco del cerdo).
Garantizar una atención a quienes padecen epilepsia se ha vuelto algo imperativo para la Organización Mundial de la Salud (OMS), la Liga Internacional contra la Epilepsia y la Oficina Internacional para la Epilepsia, estos organismos advierten que tres cuartas partes de quienes padecen esta alteración y viven en países de ingresos bajos no reciben el tratamiento que necesitan. Eso aumenta el riesgo de muerte prematura y condena a muchas de ellas a una vida dominada por la estigmatización.
Eso ocurre en países como Ecuador, donde el riesgo de muerte, aumenta cuando los pacientes sufren crisis de larga duración y no pueden acceder a centros de atención sanitaria o no reciben los cuidados oportunos ante causas prevenibles como el ahogamiento, los traumatismos craneoencefálicos y las quemaduras.
Acciones preventivas
Actualmente, para prevenir esta enfermedad caracterizada por una actividad eléctrica anormal que provoca convulsiones o comportamientos y sensaciones inusuales, deberían existir intervenciones eficaces en el ámbito de la salud materna y neonatal, en el control de las enfermedades transmisibles y en la prevención de las lesiones traumáticas, a través de leyes eficaces del tránsito y además la prevención de la enfermedad vascular cerebral.
La detección de las complicaciones del embarazo y la atención al parto por personal capacitado ayudan a prevenir las lesiones perinatales. La inmunización contra la neumonía y la meningitis, los programas de lucha contra el paludismo, las iniciativas para reducir las lesiones causadas por los accidentes de tránsito, la violencia y las caídas, también contribuyen a reducir las tasas de epilepsia.
Es así que el déficit terapéutico es alto, debido a que, con un tratamiento adecuado hasta un 80% de las personas con epilepsia podrían vivir libre de crisis. El problema se da cuando hay una baja disponibilidad de medicamentos antiepilépticos o más aun cuando no contamos con un procedimiento oportuno guiado por un especialista.
Además, cuando existe el acceso a un tratamiento ininterrumpido, existe la posibilidad de suspender la medicación anticonvulsivante.
Un paso contra la estigmatización
Acceder a tratamientos ininterrumpidos no solo es una necesidad médica para quienes padecen epilepsia. También significa un paso contra la estigmatización. Esto, debido a que muchos niños con este trastorno no van a la escuela y a los adultos en ocasiones se les niega el trabajo, el derecho a conducir e incluso se privan de contraer matrimonio por los estigmas sociales.
“Para evitar este tipo de discriminaciones que sufren las personas con epilepsia, se deben impulsar campañas de información pública en escuelas, lugares de trabajo y comunidad en general para reducir la estigmatización”, manifiesta el médico neurólogo. Juan Montalvo, especialista en patologías mentales.





