El agua, por antonomasia, se relaciona con la vida. De ahí que la experiencia de la sequía o la inequidad en su distribución sea vista como una amenaza a la reproducción de la vida cotidiana, que se encarna no solo en los territorios, sino también en los cuerpos y en las relaciones sociales que organizan su acceso y cuidado. En 2025, la región austral ecuatoriana experimentó una de las crisis hídricas más fuertes de los últimos cincuenta años, lo que puso en evidencia la fragilidad de los sistemas de generación eléctrica y de abastecimiento urbano, así como las desigualdades estructurales que muchos pueblos y nacionalidades han vivido durante décadas.

Las personas de la comunidad de Ludo, cantón Sígsig, se organizaron en mingas y asambleas para garantizar el acceso a fuentes de agua para la vida cotidiana. En estos espacios, se tomaron decisiones sobre racionamiento, tarifas y protección de las vertientes, tratando de garantizar una agencia cuerpo-comunidad (Cabnal, 2010). Sin embargo, mientras por un lado se gestionaba el acceso, por otro la misma sequía provocaba situaciones de riesgo: consumo de agua sin control sanitario, riegos nocturnos clandestinos y enfrentamientos entre comunidades (Sultana, 2011).

De este modo, esa agua que es fuente de vida también puede enfermar debido a distintos factores. Por ejemplo, como señala Estefanía Ordóñez, en ciertos momentos el agua contenía demasiado cloro para el consumo humano. Entre el agua que nace en las fuentes y la que llega a los hogares se producen diversas situaciones que alteran su calidad. Por ello, Gilberto Sarmiento señala que fue necesario sembrar especies nativas, como el aliso, las cuales contribuyen a la conservación y protección de los reservorios hídricos naturales. O, como menciona Manuel Castro, limpiar constantemente los reservorios comunitarios para intentar mejorar la calidad del agua. Cuando el agua estaba en mal estado provocaba dolores de barriga que, como recuerda Elia Portilla, se aliviaban con aguas aromáticas preparadas por su madre.
En consecuencia, el agua sigue siendo entendida como la base de la vida. Recordar la sequía implica poner sobre la mesa la inequidad en su distribución, la necesidad de garantizar calidad de agua, y la ausencia del Estado en la garantía de derechos básicos. Sin embargo, también pone sobre la marcha la gestión desde el cuerpo-territorio-agua, que más allá de las agencias comunitarias precisa conocimientos técnicos, administrativos y de salud para que no solo se garantice el acceso al agua, sino también asegurar condiciones dignas de calidad de vida.
Autoras: María Teresa Arteaga y Estefanía Palacios





