Desde los diferentes espacios que forman parte de mi ruta de vida, cada vez más siento que el mundo sigue cambiando, transformándose en metáfora inerte de la felicidad. Un gran número de niños de hoy no van a la escuelita y no tienen tiempo para jugar, muchos no reciben alimentación ni cuidados apropiados, se les niega la oportunidad de ser niños, me duele el alma cuando mis ojos se inundan de angustia. Más de la mitad de estos niños están expuestos a las peores formas de trabajo infantil, en los mercados y en las calles de Cuenca como trabajos en ambientes peligrosos, y otras formas de actividades ilícitas. Son niños conflictivos, asustados o agresivos, se comportan más como adolescentes que como niños.
Viven llenos de temores, sufriendo angustias que no les corresponden para su edad, están sometidos a toda clase de estímulos a través de cierta música, de la televisión y, de los juegos electrónicos. Atrás quedó la inocencia maravillosa de la infancia cuando jugábamos con las bolitas, trompos, cometas, carros de madera y la bicicleta. Los juegos de grupos armónicos se están acabando y en su reemplazo tenemos duras competencias y grandes soledades. Les está siendo difícil cooperar con otros menores que viven enfrascados desde pequeños en peleas de competencia y de poder. Se burlan del más débil, del más inteligente o del más gordo. Arbitrariamente rechazan a un niño y este queda sumido en un aislamiento doloroso, en sus casas también viven conflictos y situaciones emocionales complejas. El alimento espiritual es escaso en su mundo, el comportamiento de los niños de hoy deja mucho que desear, su lenguaje es vulgar, y su trato es rudo. Vemos infantes sufriendo de ataques de angustia y franco pánico a los 8 años.
Tenemos más niños deprimidos que nunca, el panorama es bastante triste. ¿Qué hacer ante estas conductas? Hay que empezar por bajar la exposición que tienen los niños a tanta televisión, con programas que no son para ellos, controlar el uso de Internet y los juegos electrónicos, buscar espacios en familia donde puedan sentir el amor y la seguridad que les deben brindar sus padres. Es necesario mostrarles el camino correcto, corregirlos con suavidad aunque su conducta sea justamente reprensible, además de dar siempre un buen ejemplo de vida, no podemos dejar que nuestros hijos sigan expuestos a tantos estímulos negativos. Hagamos una reflexión sobre nuestros valores y veamos qué tanta congruencia hay entre lo que decimos y hacemos. La mejor lección que podemos dar a nuestros hijos es con el ejemplo y nunca olvidemos que nuestros niños tienen derecho a ser niños. (O)





