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            Carnavalito, carnavalote, al que no juega dale garrote

            Publicado por Jaime López Novillo el 27/02/2025

            En la Cuenca de antaño las familias comenzaban los preparativos del Carnaval con meses de anticipación: engorde de chanchos, pavos, cuyes, pelar el maíz blanco para el motepata, hacer germinar el maíz morocho para la chicha de jora. La gente de Jadán, San Juan y Quingeo unos días antes se daban el lujo de recorrer las calles de la ciudad a caballo, vestidos con zamarros de cuero, tocando pingullos y blandiendo chicotes, seguramente llevados de alguna tradición con el anuncio de que las carnestolendas estaban a las puertas.

            El carnaval para muchos, especialmente para la muchachada comienza desde el sábado, es decir para ellos no son tres sino cuatro días de carnaval. El domingo la madrugaban para oír misa, puesto que a las ocho de la mañana ya comenzaban arrojar agua desde los balcones y puertas de casa, ni se diga en las esquinas, que al grito de “agua o peseta”, si no contribuían siquiera con una de esas monedas, lo hacían bañar sin ninguna consideración, sea quien sea.

            La iniciación del juego comenzaba al terminar el almuerzo, después que se habían servido suculentos platos de motepata, cuyes y sobre todo dulces al granel.  Era el inicio del jolgorio, puesto que después ingresaban a la cocina para proveerse del arsenal de agua, chicha, harina, huevos, manteca de color. Pasadas las tres de la tarde, cansados de jugar, poco a poco iban retirándose los carnavaleros a cambiarse, pues la mayoría de los invitados habían llevado ropa de repuesto o mudada, porque sabían que a las buenas o las malas los habrían de mojar. Entre los invitados están los que tocan la guitarra y el acordeón, enseguida del juego se iniciaba el baile que muchas veces duraba hasta el amanecer.

            La cultura de la fiesta popular ha sido finamente estudiada y descrita por Manuel J. Calle, Manuel Muñoz Cueva, José Edmundo Maldonado, Gustavo Vega, María Rosa Crespo, Manuel Carrasco, Octavio Sarmiento Abad entre otros. Como no recordar las escondidas para no ser mojados, las carreras, caídas, baldazos, manguerazos, las famosas bombas de Zaruma, el talco, maicena, el agua florida, serpentina, los canticos de ¡! Carnavalito, carnavalote, al que no juega, dale garrote ¡!, los gritos de agua, al tanque, etc.  Hay algo muy entrañable en nuestros carnavales, las familias en la amplitud de la palabra, se reúne los días domingo, lunes y martes, abuelos, nietos comparten la mesa y el jolgorio, la invitación es asunto sagrado y no se puede faltar a ella. El enojo por la inasistencia bien pude durar un año, es decir hasta el próximo carnaval.

            A los actores de la política carnavalera que yace en el poder económico, les digo qué, en nuestro maravilloso país, no hay acomodo con la mediocridad escénica, todo es estridencia, la política se ha convertido en una caricatura del peor esbozo de liderazgo, de los ideales humanistas que plantean una convivencia con principios éticos y de justicia. Lástima que no sea una pesadilla, un sueño que desagrade recordar, pues aflora lo peor del fragor de la contienda, los espejismos, la borrachera y el acaramelado dulzor de la falacia. Los bufones del carnaval político están expuestos al rechazo por querer enquistarse en el poder. Queda poco tiempo, ese voto hay que pensarlo mucho, para no repetir el error.

             

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            Jaime López Novillo
            Jaime López Novillo

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